miércoles, 15 de enero de 2014

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                                  CAPITULO II

                                    Cuarta parte
                       
                       STEVE JOBS, LA CARY,
          EL TRACTATUS A LO WINGENTEIN
                                          Y
 LA SANTISIMA VIRGEN VIRGO INMACULATA       


Si bien como ya he reconocido mi respuesta fue abyecta, muy abyecta, reconozco igualmente que dicha respuesta fue pronunciada  con deliberada intencionalidad.

 Me explicaré.

Primero se ha de saber que el estrés no es una afección baladí, y deberíamos tomárnosla con menos ligereza, y la gravedad que merece.  Es un padecimiento que puede desembocar en taquicardias, mareos, dolores de cabeza, abdominales, tices,(Plural de tic), alcoholismo, vómitos, diarreas y  divorcios.

Sí, divorcio. Ya que es también fuente de malhumor. Nos agria el carácter y de no poner coto, puede fácilmente llevarnos a peder amistades, trabajo y como he dicho, al divorcio por hacer imposible nuestra convivencia matrimonial.

Y nada deseo menos que divorciarme de mi querida esposa.  Dicho esto, y para comprender mi actitud (Respuesta abyecta) se debe tener en cuenta el grado sumo de ansiedad con que la MDLN llegó a casa al creer que había perdido o habían robado el móvil.

Si existe en esta vida algo que me mortifique,  me desviva o me acollone más, es sin duda ver a mi esposa padeciendo cualquier dolencia o desazón, por fútil que sea (El amor).

Lo que me ha llevado a especializarme en la curación  de cualquier dolencia que ella pueda padecer. Y el estrés no es una excepción.  Créanme,  no es falta de modestia por mi parte (Qué va) si les digo que como disipador de estreses soy un virtuoso, un experto, un innovador, en definitiva, un creador de método a lo Steve Jobs.

Estoy seguro que se preguntarán cuál  es  mi infalible e innovador método antiestrés. 

Como soy un tipo bondadoso, voy a dejarlo resumido para ustedes. (Soy así: todo favor)

Mi método antiestrés se basa en el trueque.

Si deseamos ponerlo en práctica, lo primero que debemos hacer es mentalizarnos y proceder siempre con tranquilidad y cuajo, con mucha tranquilidad y mucho cuajo.

Tranquilos y cuajados, evitaremos toda conversación o referencia sobre aquello que produce el estrés. Hecho lo cual, crearemos en ella (La estresada) como aquel que no quiere la cosa, una pequeña rabieta. (No se me escapa que esto pueda parecerles extraño, pero confíen en mi: no lo es) Por ejemplo, podemos decirla: Has engordado, Cary.

Si con esto, nuestra cary no se enrabieta la cosa es más grave de lo que creíamos en un primer momento. Por consiguiente debemos elevar el énfasis y añadir algo así como: Pero GORDA, GORDA que te has puesto, Cary.

Y si aquí,  la (Tu) Cary, no se ha enrabietado, es que, sencillamente no tiene cura, o es de las pocas mujeres en el mundo que no se ha visto afectada por los miles de millones de euros que se gastan en publicidad para obsesionarnos con la puta gordura

Pero supongamos que tu Cary no es zombi y se ha enrabietado.

 En el siguiente paso, trocaremos la rabieta en  berrinche. Como este paso no es de difícil comprensión, veo innecesario poner ejemplos.

Eso sí, recuerden que siempre nos debemos conducir con tacto, con mucho tacto.

Ya berrinchada nuestra esposa,  trocaremos de nuevo y alcanzaremos en ella el rebote, y sin desanimarnos,  sin dejarnos nunca influir por cualquier manifestación (previsible) de rechazo de nuestra Cary, elevaremos la intensidad y apelaremos a las pasiones del alma, y trocaremos el berrinche en  ira. (Ojo que en este estadio del método, por los posibles exabruptos de la paciente la familia del desestresador puede verse afectada por la peste bubónica)

Y ya por fin, en un último y definitivo esfuerzo,  trocaremos la ira en irredenta e inmisericorde cólera. (Aquí quiero hacer un breve inciso para maridos noveles (yerno) si aún no distinguen en su esposa el berrinche de la cólera Para su información, en el berrinche, la cara de ella se parecerá a una muñeca mofletuda, y en la cólera, a la novia de Chusky)

Sigamos. Ya en éxtasis colérico ella empezará invariablemente a criticarte, te echará en cara todos tus defectos  ( no es mi caso, por supuesto), te injuriará e insultará y oirás aquello que Spinoza oyó, ¿recuerdan? : Maldito seas de noche y maldito seas de día… Y acabará con  todas las maldiciones del Libro de la Ley.

No te preocupes ni opongas réplica alguna, es parte importante del tratamiento. Ni te lo tomes como algo personal. Pues no sólo a ti te insultará, también la emprenderá incluso con su propia familia ( Su suegra, su suegro, sus cuñados, etc, etc)

Ella continuará difamando  hasta hacerse consciente de que su reacción ha sido absolutamente desproporcionada. (Y lo será, puedo asegurarlo) Y sólo y exclusivamente en ese momento, llena a rebosar de reconcomio, apagará su boca de fuego y al poco llegará su arrepentimiento al reconocer interiormente que se ha pasado no veinte, sino cien pueblos.  Terminando así con éxito el tratamiento antiestrés. ( Y con un poco de suerte, ese día, debido a su arrepentimiento, para congratularse contigo,  te hará tu cena favorita)

Y ésta es, a pequeños rasgos, una leve sinopsis de mi sistema: Estrés y trueque. Como estoy seguro que al cinco por cinco de las persona que me leen estarán interesadas en  una más detallada exposición de dicho sistema, decirles a todas ellas  que próximamente finalizaré sobre el tema un tractatus expositivo a lo  Wittgenstein, que con mucho gusto expondré en este mismo blog.  

Bien, continuemos pues el relato donde lo dejamos. Es decir, después de mi respuesta abyecta. Ella, como dije, emitió un bufido y sin más,  desapareció en el interior del piso.

El ñu (Yo) respiró aliviado  en un acto reflejo ya que me veía de figura ornamental de porcelana junto a la perrita.  Ésta, Chispa, por su parte, entumecida por la inmovilidad, se  relajó estirándose en el suelo.

No se me escapa que cualquier esposa, sin excepción, en su caso, tras mi respuesta abyecta,  hubiera despotricado y criticado a su marido, pero debo decir en descargo de mi mujer, que para criticarme o censurarme a mi, lo tiene realmente difícil. Y esto, no sólo lo pueden testimoniar todas  aquellas personas que me conocen, sino también aquellas que simplemente me ven de pasada por la calle, ya que un halo luminoso rodea mi testa.  

También es verdad, que no todo el mérito es mío, (pero casi todo) que además, la edad, siempre la edad, apacigua y desbravece. (pero poco en el caso de mi mujer)

Sigamos. Eran ya las dos de la tarde y noté apetito al recordar la merluza a la vasca.

Felices pues, me las prometía, pero…, la felicidad no es eterna, y en este caso duró justo cinco minutos, que es el tiempo que ella tardó en volver a aparecer en el salón ataviada con un viejo pijama que yo creía desaparecido hacía más de treinta años.

Cuál no sería su maldita estampa ataviada con aquel pijama, que hasta Chispa, ante tan esperpéntica visión, tendida como estaba en el suelo, empezó a reptar  con oportuno sigilo hasta meterse debajo del sofá. (Actitud que de buen agrado hubiera imitado yo mismo).

 Era este un pijama que hace treinta años, cuando la MDLN y un servidor convivían sin casamiento de por medio, le regaló su padre para su veintidós cumpleaños.

Juro que cuanto voy a relatar y a describir a continuación, es la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad Salvo alguna cosa

Era aquel un pijama que diríase diseñado por un pervertido o por un fanático religioso. Un pijama hito a la castidad, fosa de lujuria, un monumento a la castidad, un sanador de priapismos, un aniquilador de lascivias, un  desgano concupiscente, un inhibidor de apetitos, un beatificador de sátiros, un remedio de perversiones, y hasta pura kriptonita  de supervergas.

Todo esto era aquel pijama sin exagerar un ápice.

 Pero permítanme que haga un salto en el tiempo y me retrotraiga varias décadas.

La futura Madre de la Novia y éste pobre escribidor ocasional, teníamos esa edad, que abandonada ya la adolescencia, enamorados como equinos, pensábamos que palabras como impotencia, sequedad o inapetencia pertenecían exclusivamente al vocabularios de octogenarios, siendo nuestra excitación tan inveterada como crónica.

 Bastaba un roce leve e intencionado, una mirada pícara, o simplemente abrir el cajón de nuestra ropa interior para encender nuestro deseo (¡Qué tiempos!)

 Sería la hora de la siesta (Hora sexual por excelencia). Yo me hallaba tumbado boca arriba sobre la cama en ropa interior, (gayumbos) piernas abiertas y muy, muy receptivo, cuando ella dijo: “Voy a probarme el pijama que me ha regalado mi padre.”

Abrió la caja en donde aún se hallaba éste y fue hacia el lavabo.  “No tardes” dije.

Y ojala nunca hubiera salido vestida de tal guisa, ya que ese momento permanecerá imperecedero en mi mente.

Vano será, lo sé, mi esfuerzo debido a mi nulo talento literario, describir tal vestimenta, y lo que aún será empresa más difícil: transmitir las emociones que experimenté al verla.

 No obstante, como no opto a premio literario alguno, humildemente lo intentaré.


 El pijama o adefesio estaba compuesto por cuatro piezas. Todo él de color rosa fosforito. Jamás hasta ese entonces había visto tan luminoso color, ni jamás lo he vuelto a ver.

Para mi, que su rosa es un mojón del tinte. Estaba compuesto por un tocado (gorrito) frigio, cónico, parecido a la barretina catalana, pero con una borlita de lana en su cúspide,  y que tal horror para mayor escarnio el folleto anuncio de la caja decía que impedía la sequedad del pelo que producen las almohadas.

 Pero sigamos sin más comentarios que describir tal aberración es como caminar por una alfombra de brasas. Y de arriba, a abajo: las zapatillas. Las zapatillas del pijama no eran zapatillas, sino babuchas. Ba-bu-chas. Sí, como han leído. Ya que  eran abiertas por el talón y acabadas en punta. Rosas, claro, con lentejuelas y pon-pon de finos filamentos.

Y yo me pregunto: ¿De qué zoco marroquí …? (Disculpen que no acabe la pregunta, estoy a punto del colapso emocional). 

Del pantalón, por suerte, no hablaré pues apenas se divisaba desde las rodillas a los tobillos.

 Pero la parte principal no sé si podría llamarla camisón, blusón o camiseta de grandes dimensiones. La cubría desde el  cuello hasta las corvas. Holgada y vaporosa. Adornada (es un decir) en su cuello por  un tejido de encaje con bordados, en blanco y de ganchillo que le cubría los hombros casi al completo.

 El susodicho  “babero”, pues eso parecía por más que estuviera hecho de artística puntilla, caía sobre la espalda y en la parte frontal se abría en el centro sobre el esternón en forma circular con el fin de servir como aureola a la figura religiosa que llevaba estampada (casi a tamaño natural) en toda la longitud de la enorme camiseta y que no era otra que la Santísima Virgen Virgo Inmaculata en actitud piadosa.

  No, no hay palabras en el DRAE para poder transmitir las emociones, la conmoción diría yo,  que me produjo el ver a la futura MDLA, con tal atuendo.  El respingo que di sobre la cama me elevó un palmo de la misma y casi muero allí mismo del temido patatús mórbido que me hubiera dejado en comprometida erección post mortem.(literalmente hablando)

 Tan en estado de shock quedé, que aparte de perder toda tiesura, me giré de costado, encogí las piernas, y en  postura fetal, comencé inconscientemente a chuparme el dedo pulgar (De la mano) como un recién nacido.

De las muchas cosas a resaltar de mi esposa, (sic) tal vez su facilidad para la risa destaque sobre de las demás (al menos para mi). Ésta no es especialmente bonita, como sí lo es la de mi hija por estructura facial y dental.

A veces uno piensa que a ella misma le disgusta ya que en no pocas ocasiones cuando lo hace coloca su mano delante de la boca. Tal vez sea por su dentadura algo desigual o su mandíbula levemente prognata. Nada  significativo en ambos casos y que yo achaco a una equivocada coquetería bastante común entre las mujeres.

 Particularmente siempre me ha encantado oírla reír. Y no hay vez que la oiga  y no me invada una agradable sensación de bienestar, como si su risa fuera prueba inequívoca de que, a pesar de los pesares,  todo a mi alrededor guarda una cierta armonía y normalidad.  

    Hecho este inciso, decir que sin embargo, no siempre su risa me ha encantado como acabo de exponer. Hay una excepción. En la situación de marras, ella, viendo la conmoción que su esperpéntico pijama produjo en mi, estalló en incontenibles carcajadas.
 

Tardé meses en quitarme de la cabeza aquella estampa. Tuve pesadillas. En una de ellas, tal vez la más repetida, recuerdo que la futura Madre de la Novia se subía a horcajadas sobre mi únicamente ataviada con el maldito blusón estampado,  pero que al poco en onírica alucinación se transformaba toda ella en la mismísima  Virgen Virgo Inmaculata, lo que daba al traste obviamente con mi sueño erótico transformándolo en una horrible pesadilla sacrílega, y lo que hacía despertarme sobresaltado, sudoroso y lleno de complejos blasfemos.

  Debido a mi marcada herencia católica, ( He tenido una tía monja, tengo un primo hermano diácono, una madre que rozaba la beatitud, una hermana que canta en un coro eclesiástico,  un hermano que a poco nos sale Hare Krishna, y yo mimo que a punto estuve de hacerme monje Shaolin ) nada más lejos de mis fantasías eróticas que mancillar el honor del mismísimo Espíritu Santo.

Después haberse reído todo el tiempo que hubo querido,  y como yo no diera muestras de reacción al  shock en el que había caído al verla, y seguía pues, en posición fetal, agotada y preocupada, se sentó a mi lado al borde de la cama.

Después de pronunciar repetidas veces mi nombre y zarandearme por el hombro,  y comprobando  mi perseverante rechazo a volver a la realidad, alarmada por fin dijo lo que yo tanto deseaba oír:

-        Despierta. Me estás asustando. Te prometo que nunca más me pondré  este pijama.

-         No – dije en un susurro sacándome el dedo de la boca- Prométeme también que jamás lo volveré a ver.

-        Te lo prometo – asintió ella -  La verdad es que este pijama es un mamarracho.- siguió diciendo -  Me desharé de el. Pero prométeme que nunca se lo dirás a papá. El siempre me ha hacer los regalos con mucha ilusión.

  Y con tanta ilusión. Papá (Mi suegro) no ha pasado año, qué digo,  mes que en alguna ocasión no me haya martirizado recordándome tan maldito regalo. Aún no ha mucho nos espetó con infinito retintín:

    - ¿Qué, aún conserváis el aquel pijama que os regalé hace treinta años?
Rechinándome los dientes de puro  resentimiento, dije:
    
-        ¿Pijama? ¿A qué pijama se refiere?

-        Sí hombre, sí – agregó él con más sarcasmo si cabía – Aquel que llevaba estampada a la Virgen… qué Virgen era…

-        Dejaros de pijamas y de vírgenes ahora – salió al paso su hija oliendo mi carne quemada -  Era muy bonito, papá, pero sabe Dios donde estará después de treinta años.

 El suegro, un hombre que si bien como a todo hijo de vecino se le puede echar en cara algunas cosillas nada trascendentes, sí es una de las mejores personas que he conocido. 

 Pues bien. Aquel pijama infame he aquí que volvió a reaparecer después de tres décadas, traicionando así la promesa de la futura MDLN. La venganza, su venganza, ni que decir que fue impía y a todas luces desproporcionada. 

  Me hice el ofendido, (nunca representar un papel me costó tan poco esfuerzo)  Guardé silencio, ya que cualquier cosa que dijera iría en mi contra. Mi perfeccionada estrategia antistrés había dado resultado. Era obvio que mi mujer bullía en cólera.

Steve Jobs (Yo) se erogaba un nuevo éxito. Para consolarme traté de pensar en la merluza en salsa verde y en que a la noche mi cena favorita me sería servida.


Y aquí lo dejo por hoy. Sólo hacer una pequeña acotación.

Si entre los lectores de este escrito hay algún futuro suegro o simplemente padre de hija en edad de merecer, y desea comprar para ella un pijama semejante, decirles que en ningún caso preguntaré a mi suegro dónde lo compró, que lucharé con encono para que ese secreto no salga jamás a la luz.

Pero, como también es cierto, y en poco o mucho me debo a mis cinco lectores, les daré una pista:  No pierdan el tiempo  en buscarlo en las páginas web de Victoria´s Secret o Intimissimi.



3 comentarios:

  1. o sea que has soñado que eras Dios? Bueno, salgo....

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    1. ¿Soñar que era Dios? ¿Yo? Nooooo. De aceptar la existencia Dios, aunque sólo sea como idea, ésta es para mi tan inmensa e inabarcable que me resulta del todo imposible. Y mira que lo intento, ¿eh? pero… no, nada.

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  2. Ahora no puedo contestar, pero vovereeeeee

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